domingo, 16 de abril de 2017

ANHELOS





Pedía limosna cada día, al terminar la tarde.

Salía a la calle y, junto al semáforo de la avenida (siempre el mismo), abría los brazos de par en par.

Así se quedaba durante horas, hasta que el hormigueo, los calambres y las lágrimas, se los bajaban. Entonces empujaba sus pasos hacia su silenciosa vivienda.

Dejaba junto al semáforo, hasta la tarde siguiente, el cartelito que acompañaba su eterna espera:

"Una ayudita, por favor. No tengo a nadie que me quiera. Deme usted un abrazo si le sobra"


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